Calvicie

Todos tenemos miedos. Él mío es que mi frente se agrande por una eminente perdida de cabello.  Todos me dicen: “No pasa nada” “Tú cabeza está bien” o mi favorita “ni siquiera tienes entradas”. Cada vez que la gente dice eso mis entradas se asustan y retroceden un poco más. Cada vez sale gente nueva y más hambrienta y estoy seguro que eso aterra y debilita a mi cuero cabelludo.

Una niña comía uvas de un envase plástico en la parada del bus. Una de las uvas salió del envase como si se escapara, desgraciadamente se encontró con mi píe y la asesine. La niña me miro y estoy seguro que mi cuero cabelludo lo sintió, un monumento cubierto de heces de pájaro lo sintió y también el bus que se detuvo parcialmente lo sintió.

Subimos al bus; la niña de las uvas, yo y todos los otros testigos de mi asesinato. Uno tiene que ser fuerte cuando conmuta en transporte público. La gente puede ser cruel. Mi cuero cabelludo lo sintió y ahora en una frente donde entraban tres dedos y medio entran cinco. 

el trabajo

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Voy a empezar desde cero. Voy a empezar desde antes de cero. Mi nombre pudo comenzar con X o con P, pero eso no es lo que importa. Lo que importa hoy es que hay un dos por uno en la compra de lombrices de goma. Mi deseo es llegar a ese comisariato y tomar las que pueda o las que me alcancen. Recuerdo cuando Fer me llevaba a ese restaurante que vende helado de chocolate y entierra junto con galletas Oreo trituradas muchas lombrices de goma.

No recuerdo el nombre del postre, tampoco del restaurante pero recuerdo que Fer siempre lo compraba para mí antes de ir al hotel. Siempre me decía que soy como un niño, que sin golosinas yo no funcionaba. El pobre no sabía que el más inocente no era yo. El niño era él.

Recuerdo cómo íbamos a “acampar”. Lo llamaba “campamento exprés”. Duraba un día. Amaba sus besos barbudos. Sus nevados pechos  acariciaban mis mejillas después de que reducía su cuerpo a ciscos. A veces me agradecía, a veces me pagaba y me agradecía, y a veces solo se fumaba un tabaco.

Después de eso lo deje todo atrás. Un sofá en forma de L, restos de humus y media botella de “Singani” de un amigo boliviano. Lo deje todo por un adicto a poppers de 50 años. Pero eso no es lo que importa. Lo que importa hoy es que hay un dos por uno en la compra de lombrices de goma.